De repente la mire, ella advirtió mi acción enseguida, la veta de amor que envolvía mis ojos, y el aire de misterio que escondía mi rostro. Se quedó intrigada, como aquel que se sabe vigilado y no puede evitar ver a quien le vigila.
Quién sabe cuánto hace que ella se había dado cuenta, y es penoso que lo haya notado pues pensará que estoy loco, que mi mente delira y que no la miro por curiosidad, sino por una rara acechanza. Pero la verdad no es esa, la verdad es que la miro porque sus fanales verdes son profundamente esperanzadores, porque su estilo flagrante es imposible dejar de percibir, la miro entonces, por intriga, por pasión hacia lo desconocido y que hoy, más que en cualquier época pasada, me cuesta conocer.
Y me pregunto si acaso también ella ha notado la lumbre emocionada de mis ojos, y la forma como éstos persiguen los suyos. Por más ridículo que parezca, sería estúpido intentar algo más, lo único que puedo hacer es no hacer nada. Aunque podría ser estimulante saber ella qué piensa, si es que piensa algo al respecto, saber si debo seguir mirándola y hacer algo más, o si de pronto es mejor sucumbir de mis falsas ilusiones.
No hay comentarios:
Publicar un comentario